Curvas Peligrosas, la primera pista del tesoro por encontrar

6 Mar

Crítica escrita para www.thecinefagos.com

El próximo 27 de Marzo se cumplen diez años de la muerte de uno de los más grandes embajadores del cine que han existido. Billy Wilder tuvo la fortuna de vivir durante su adolescencia los orígenes del mismo, de disfrutar esa pasión que se debía contagiar durante la época viendo como algo tan revolucionario otorgaba cada vez más posibilidades a aquellos de mente creativa y con ello, de entretenimiento a un público que hasta entonces vivía de las variedades. Debieron ser años gloriosos de vivir, años en los que la limitación de medios no era un impedimento para hacer cosas, sino que eran la excusa para inventarlos y seguir avanzando a pasos de gigante. Billy Wilder tuvo la oportunidad de vivir todos estos momentos tan de cerca como para contagiarse y acabar convirtiéndose en un auténtico maestro en el arte de la escritura de guiones y en la dirección, hasta el punto de seguir obteniendo hoy en día el reconocimiento por haber creado películas redondas, cercanas a la perfección. Cada vez que alguien se queja de que ya no se hace cine como el de antes, Billy Wilder se siente culpable desde el cielo.

La película con la comenzamos este ciclo homenaje es, como no podía ser de otra manera, su opera prima. Nacido en Viena en 1906, Samuel Wilder terminó la secundaria e incluso comenzó sus estudios de derecho. Sin embargo, su cada vez más notable gusto por el cine le hizo aventurarse en ese arte hasta el punto de dejar esos estudios y marchar a Francia en 1933, huyendo así también del creciente régimen totalitarista alemán. Fue allí, en París, donde pudo poner en práctica todas las ideas que durante los años anteriores daban vueltas en su cabeza. No le fue difícil empezar con la primera de ellas, una historia sobre una banda de ladrones de coches que si bien no puede ser catalogada de gran obra, sí que dejaba entrever la habilidad de Wilder para combinar comedia y romance dentro de una película con un ritmo especialmente fácil de seguir. Es lo que se vio en 1934 con Curvas Peligrosas (Mauvaise graine), película en la que también colaboraron en su escritora junto a Wilder dos exiliados como H.G. Lustig y Max Kolpé.

Curvas Peligrosas es, ante todo, una película muy adelantada a su tiempo. Solamente con haber visto títulos representativos de la Nouvelle Vague uno se da cuenta de que lo que esta cinta muestra es un buen avance de lo que posteriormente se haría también en Francia casi treinta años después.

La película cuenta la historia de Henri Pasquier, un espabilado joven sin oficio ni beneficio que aprovecha la asentada vida de su padre, un reconocido médico, para darse todo tipo de caprichos y con ellos mantener un nivel de vida demasiado alto para lo que realmente merece. De ello se da cuenta el padre, retirándole así de la noche a la mañana todo tipo de manutención y el desencadenante de toda la historia, su flamante Buick. Ante lo que considera una injusticia, Henri se revela llegando a entrar de manera un tanto fortuita en una banda de ladrones de coches que opera en el París de la época, siendo en esa banda donde se desarrolla el grueso de la historia.

La película contiene una buena mezcla de elementos que tanto Wilder como el panorama cinematográfico general desarrollarían con mayor solvencia durante los siguientes años, así que mirando hacia atrás podríamos encontrar en este film una de las semillas de historias mucho más recientes. Una destacable complicidad con el mundo del delito y los personajes que lo integran, unas persecuciones en coches de época excepcionalmente rodadas para los años de los que hablamos, con unas secuencias que realmente llegan a transmitir la tensión y la sensación de velocidad que no esperaríamos de los medios del momento, o una historia romántica que asoma entre todos esos aspectos para terminar de convencernos de que sí, de que el que estaba ahí ya era Billy Wilder. Quizás la cinta no ha envejecido demasiado bien en muchos otros aspectos, como ciertas sobreactuaciones tan propias de los años o un guion demasiado forzado intentando integrar inverosímiles giros en sí mismo, pero no cabe duda de que estos aspectos no empañan la vitalidad que transmite. También observamos en ella muchos de los primeros gags de Wilder, a menudo camuflados entre cortos planos y poco sutiles -o hasta inconexas- transiciones, algo que posiblemente nos vuelva a traer a la mente esa Nouvelle Vague con películas como la notable Al final de la escapada de Godard, cinta por otra parte mucho más redonda y carismática que este debut de Wilder.

Nos hemos encontrado durante años con tantas películas que retratan el mundo del crimen desde dentro, siendo benévolas y hasta cariñosas con sus personajes, que poder volver hasta los años treinta para ver una de las primeras películas que posiblemente lo hizo es toda una oportunidad para cualquier aficionado al cine. Si además en ella encontramos esa jovialidad, una revolucionaria música en forma de jazz, un refinado gusto por los coches que valorarán en sus detalles todos los aficionados, o esa manera de introducirnos en el París de hace ya ochenta años de la mano del que sería uno de los más grandes directores de todos los tiempos, difícilmente tendremos excusa para evitar Curvas Peligrosas.

La parte mala es, como suele ser habitual, lo tremendamente difícil que es hacerse con ella en nuestro país. Si la tenéis, guardadla a buen recaudo porque en toda retrospectiva que se precie de Billy Wilder, deberá verse Curvas Peligrosas para darse cuenta de que hasta en su película debut y más independiente artísticamente, ya se podía intuir que este señor iba a ser muy grande. Aunque lo fácil sea decirlo ahora.

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