Días sin Huella, la fragilidad del ser humano

14 Mar

Crítica escrita para www.thecinefagos.com

Era 1945 y la vena creativa del maestro se encontraba ya en un nivel excelente. Con solo cuatro películas a sus espaldas, Wilder ya nos había entregado un año antes la joya que terminó siendo Perdición, de la que hace poco os hablamos también por aquí. Si con ella y sus siete nominaciones se quedó ya a las puertas de sus primeros Oscars importantes -recordemos que por Cinco tumbas al Cairo fue solo nominado a Fotografía, Montaje y Dirección Artística-, con la película de la que hoy vamos a hablar pudo saborear definitivamente las mieles del éxito y terminar de confirmarse como un precoz aspirante al olimpo del cine, en el que sin duda terminaría entrando.

Días sin Huella es una de las películas más crudas y estremecedoras que hemos podido ver, de las que rozan el género del terror sin haber en ellas ninguno de los elementos característico de ese cine. Es una película que te agita y te zarandea al ritmo de la historia de su protagonista, que te va sacudiendo con su cada vez mayor confusión hasta el punto de hacerte entrar en esa espiral sin salida por la que su principal va cayendo sin remedio, siendo cada vez más fuerte la pendiente y más difícil la subida a la superficie. Es tal el grado de implicación con el personaje que podemos encontrar en esta cinta que, muy acertadamente, ha sido catalogada como una de las películas que mejor ha sabido llevar a la gran pantalla el tema del alcoholismo. Y no hablamos de un alcoholismo cómico o superficial, porque aquí de su mano llegamos hasta lo más profundo del ser humano para impregnarnos de sus debilidades y flaquezas ante la vida que nos pasa por delante. Cuanta fortaleza de espíritu es necesaria para, una vez entrado en el juego, saber salir de él sin llevarnos por delante parte de lo que somos. Días sin Huella retrata tan bien este aspecto del alcoholismo que tanto su fama como obra clave de la temática como sus premios le hacen total justicia. Más mérito incluso podemos otorgarle a Wilder si contextualizamos históricamente la realización de esta película, con la industrial del alcohol por una parte presionando a la Paramount en forma de ceros para evitar su estreno y por otra con diversos grupos de presión anti alcohol intentando evitar a toda costa que historias como ella fomentaran más aun su consumo. Finalmente, y no sin demandas varias de por medio, ni unos ni otros pudieron parar el avance de la película y esta se terminó convirtiendo en el éxito que aun hoy es.

Ya desde la recordable secuencia inicial, con esa botella colgando de la ventana a modo de adelanto de lo que veremos, en Días sin Huellas nos implicamos muy pronto con un Don Birnam interpretado a la perfección por Ray Milland, en el papel que le valdría el Oscar a Mejor Actor. Las sensaciones generales que la película puede provocar en cada espectador son muy diferentes, y en ello radica parte de la grandeza de la interpretación de Alland y del guion escrito. Los estadios emocionales que atravesamos durante la historia pueden distar bastante de aquellos por los que pase nuestro acompañante. En ningún momento de la cinta el guion nos encamina hacia la pena, la comprensión o la ira hacia el protagonista, sino que las diferentes escenas que vemos van creando esa cada vez más turbia confusión en nosotros haciendo que nos movamos entre dichos sentimientos. La película, en una especie de feedback constante, nos genera unas sensaciones comunes que cada uno interpretará a su modo para implicarse más o menos con el protagonista. Y esto, por supuesto, afectará a la manera en qué afrontemos las siguientes escenas, con lo que se generan unas conclusiones y percepciones personales realmente destacables.

Todo lo anterior es solo aplicable al personaje interpretado por Ray Milland, ya que en lo que respecta al personaje de Jane Wyman no puede haber tanta diversidad de emociones. Su ángel de personaje, porque no se le puede llamar de otra modo, es todo lo contrario al de Milland. Destacan en ella una fuerza y una capacidad para creer sin igual, posiblemente impulsadas hasta esos extremos por un amor que llevándote en ocasiones a límites fuera de la razón, te hace salir victorioso en la ocasión que compensa todas las veces que te equivocaste. Y eso es lo que sucede con el personaje de Helen, que en su infatigable lucha acaba encontrando la victoria en forma de salvación para Don.
El único problema del guion viene precisamente ahí, en esa salvación, ya que termina resultando un tanto milagrosa tras toda la turbiedad que hemos vivido antes. Es como un ascenso demasiado rápido, como un punto de inflexión que mejora las cosas en demasía tras el mismo, costándonos tal vez un poco de asimilar. Es un buen cierre para la historia y para el sufrido papel de Alland, pero quizás algunos minutos más de metraje le hubieran dado algo más de verosimilitud. ¿Es anecdótico? Quizás, aunque para mi es suficientemente importante tras todo lo visto. Es por aspectos como este por los que Días sin Huella no alcanza la total perfección que sí alcanzaría Wilder en algunas de sus posteriores obras, pero esta película representa tanto aun hoy en día que sigue valiendo la pena perderse una y otra vez junto con el patético Don Birnam por ese oscuro fin de semana del que, por imposible que parezca cada vez, Helen St. James nos sigue salvando.

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